COVID-19, una muerte en soledad

Criterios Martha Vargas Vázquez

Un virus microscópico nos ha revuelto la vida y la muerte en un instante.

Desde marzo de este año que iniciamos con la pandemia se han venido presentando un gran número de fallecimientos. Es una situación en la cual vamos aprendiendo conforme se van presentando los casos. A casi 9 meses que inició todo esto, han ido en aumento los casos y fallecimientos. El manejo de la pandemia que es algo totalmente desconocido para todos ha traído al mundo un sin fin de errores y aciertos a cuenta gotas. A esta etapa el personal médico está agotado y muchos han enfermado y lo que es peor algunos han muerto.

La pandemia nos ha enfrentado con nuestra propia soledad: en la casa, en las calles, en los hospitales. El virus nos aparta de las personas que amamos en el peor instante de sus vidas: cuando el simple hecho de respirar supone un acto de heroísmo.

Debemos hacer conciencia y extremar los cuidados, después de un confinamiento del cual el plan era dejarnos ir saliendo poco a poco, cosa que no ocurrió. Ahora toca pagar nuevamente el desorden provocado por nosotros mismos, teniendo mayor número de contagios y muertes.

El problema actual es que los hospitales ya empiezan a saturarse y no se puede brindar la atención necesaria y muchos casos son regresados a casa para su tratamiento, cuando tienen síntomas graves es que regresan al hospital y ya es muy poco lo que se puede hacer.

Los protocolos a seguir con los enfermos hospitalizados por coronavirus quitan la posibilidad de tener una muerte digna. Muchos enfermos mueren solos y sin oportunidad de despedirse de sus seres queridos. Esto convierte el duelo en una experiencia muy dura para los que quedan vivos.

Los protocolos que se manejan afectan a los familiares. El paciente seguramente experimenta una sensación de soledad y es como morir solo. Morir sin esa dignidad a la que todos aspiramos. Llegado el momento todos buscamos tener esta compañía y este afecto que nos ayude a transitar de la vida a la muerte.

Hablar de la muerte no es un tema fácil. Y por la situación que estamos viviendo nos pone sobre la mesa el tema, pero no todos la afrontan. Tendríamos que empezar a hablar de la muerte mucho antes de que suceda. Pero en nuestra cultura se evita hablar de la muerte. 

Actualmente cuando llevamos a un familiar al hospital por COVID-19 y es aceptado, es porque ya va en estado grave y no sabemos si va a salir con vida, esto genera cierta culpa en nosotros ya que sabemos que quizás esa será la despedida final. El personal médico por la saturación de enfermos y el cansancio ya ha perdido el toque humano por tener que agilizar el ingreso al hospital. Si para nosotros es difícil, imaginen por un momento al familiar que es dejado en el hospital y que sabe que quizás no saldrá con vida de ahí. 

El paciente se siente solo y desamparado, solo lo acompañan médicos, trabajadoras sociales y enfermeros. A todos estos los ve con un traje blanco, con cubre bocas y caretas que no le permiten ver su rostro y escucha con dificultad, no vuelve a sentir una mano que le brinde esa seguridad que te da un apretón de mano o saber que un ser querido está ahí a tu lado. Llegar con la zozobra si no contagiaste a alguien más de tu familia o de tus amistades.

Actualmente mucho personal médico ha optado por usar un gafete con su foto para que el enfermo pueda ver el rostro de quien lo está atendiendo, se han implementado en algunos hospitales las video llamadas haciendo uso de la tecnología para poder estar en contacto con los familiares. También algunos médicos, enfermeras y trabajadoras sociales se han dado a la tarea de recibir cartas de los familiares de los pacientes y leérselas. Por las medidas de seguridad para no contagiarse se han suspendido las visitas de tanatólogos, pastores, sacerdotes y personas que brindan acompañamiento a los enfermos.

Imaginen por un momento a un paciente de COVID-19 rodeado de enfermos del mismo padecimiento pero no con la misma gravedad y síntomas. Escuchar gente toser, ver gente que no puede hablar por tener que usar oxigeno constantemente y a esto sumarle el sonido típico de todos los instrumentos que son usados en las salas de los hospitales. Algunos médicos y enfermeras llevan revistas o dibujos para que los coloreen los pacientes, pero lamentablemente no todos tienen eso pequeños privilegios. Debe pasar el tiempo muy despacio y con desesperación.

Y en caso de agravar el paciente lo último que vera antes de ser intubado y sedado un hombre de vestido con un traje protector por lo regular de color blanco, con cubreboca, careta y una luz que enfoca a su cara para ayudar al médico hacer su trabajo. Lo último que escuchará consiente es la voz que lo tranquiliza que va a estar bien, que se relaje y que debe cooperar para dejar de sentir molestias al respirar.

La pandemia de COVID-19 nos ha quitado la posibilidad de despedir a nuestros seres queridos. Sin velorios ni funerales, los familiares deben hacer el duelo encerrados en sus casas. 

La muerte ha cambiado totalmente con la pandemia. Antes a los familiares se les informaba de manera presencial, se les acompañaba en el fallecimiento, se les ofrecía soporte y consuelo al recibir la noticia. Muchas veces el paciente moría delante de sus seres queridos y un tanatólogo que ayudaba  a procesar la trágica experiencia.

Pero ahora ya no tenemos nada de eso. En la conmoción de está pandemia, el médico debe informar el deceso con un tono de voz más compasivo, intentando transmitir por teléfono su condolencia. El consuelo no es el mismo sin la posibilidad de un abrazo o un trato cálido en persona. El cambio ha sido radical: ahora tenemos que aprender a dar malas noticias en medio del apuro y sin saber casi nada del familiar que está al otro lado de la línea.

Esa falta de expresión afectiva en medio de una crisis sanitaria lleva a que familias enteras se sienten solas y desatendidas, no sólo por el dolor de la pérdida o el tormento de la hospitalización, sino porque tras el fallecimiento no pueden ver el cadáver, ni organizar un velorio, ni recibir ningún abrazo.

 Sentirse solo es una de las peores sensaciones que puede experimentar el ser humano

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