Ya pasaron 10 días desde la última marcha alusiva al 8 de marzo. Los mexicanos ya tenemos muy presente este día que tal vez hace 5 años era un pretexto para ir a comprarle flores a tu mamá, a tu esposa, a tu hija o a tus amigas. No vamos a negar que tal vez habría hombres que pasaran muy por alto esta fecha que pareciera una más en la larga lista de conmemoraciones mundiales que nos darían un pretexto para estar celebrando cada día lo que a uno se le ocurra.
Pero no, el 8 de marzo ya está empezando a tomar fuerza y se graba en nuestras memorias con mayor intensidad a raíz de la impunidad, la violencia, el hartazgo, la desigualdad de las mujeres en un mundo globalizado que se presume progresista y moderno. Guarden muy bien estas palabras, porque estoy seguro que, así como hay películas e historias que giran en torno al 4 de julio, al 12 de octubre o que no tengamos forma de perdonar un 24 de diciembre, el 8 de marzo va a tomar tanta fuerza que será el centro de anécdotas, relatos, de la historia misma. Tenemos que reconocer que será muy raro que haya personas que se les olvide que viene el día de la marcha de las mujeres.
Tanto está en nuestra memoria, que hasta el gobierno se previene protegiendo los principales monumentos del primer cuadro del centro histórico de la Ciudad de México. Es uno de los temas que más polémica genera incluso entre las mismas mujeres. Por un lado, cientos de miles apoyan el movimiento hasta las últimas consecuencias, dejando a un lado el valor histórico y artístico que pueda ser dañado por las manifestaciones y los grafitis de protesta. Si es necesario derrumbar cada columna del Palacio Nacional, que así sea. Por otro lado, otro gran número de mujeres indignadas por el exceso de violencia hacia la propiedad privada alegando que hay otras formas de lograr ser escuchadas sin parecer unas pandilleras sin educación. Y solo hablaré de las posturas de las mujeres ya que es un problema únicamente de ellas. Sabemos que hay un enorme porcentaje de hombres que minimizarán y criticarán las acciones de los colectivos feministas, empezando por el hombre más poderoso del país que vive en Palacio Nacional. Y eso que se dice feminista.
No vamos a hablar de la validez de sus acciones, de la violencia que ellas viven, de la violencia con la que ellas responden. Hablemos de uno de los elementos que más se defienden para demeritar el movimiento del 8 de marzo: los monumentos históricos. Por naturaleza, un monumento histórico es un bien inmueble que está vinculado con la historia de un país, ya sea por sus características artísticas (El Palacio de Bellas Artes), relevancia histórica (La Pirámide de Chichén Itzá), importancia de un hecho histórico (La casa de los hermanos Serdán), o por su simbología hacia la conmemoración de algún héroe o evento de la historia (El ángel de la Independencia). Afortunadamente para proteger la integridad y preservación de estos edificios y símbolos patrios tenemos al INAH, que se encarga de cuidar que a ningún loco con dinero y poder se le ocurra demoler la catedral de Puebla para poner un Centro Comercial.
¿Pero qué pasa si por eventos imprevistos el monumento sufre daños? Hay un presupuesto para que sean intervenidos. Recordemos que la Ciudad de México está en una zona de sismicidad alta y muchos edificios sobre todo del centro histórico pueden fallar ante un temblor. Si comparamos lo que cuesta hacer la reestructuración de las bóvedas de una iglesia contra la limpieza de los grafitis de un muro de piedra, estamos hablando de una relación de 50 a 1. Claro que duele tener que gastar en reparaciones que podrían evitarse, sobre todo cuando hablas de kilómetros cuadrados de muros grafiteados. Pero esto no es un terremoto, es un movimiento que viene creciendo año con año y después de lo que pasó en este último 2021 tienes 2 opciones: o resuelves el problema o te dedicas a juntar un guardadito porque van a seguir pintando muros y destruyendo ventanas.
En épocas anteriores, los monumentos eran irrelevantes cuando la causa era fuerte. Imaginen en 1968 que la gente hubiera estado más preocupada por la preservación de la pirámide que está prácticamente destruida en Tlatelolco, en vez de ver por los estudiantes asesinados. Y justo a eso quiero llegar. La gran mayoría de nuestros monumentos tienen daños, les faltan elementos, están desgastados justamente porque son testigos de momentos históricos en la humanidad. Para eso son, para recordarnos que hubo una lucha, que venimos de unas raíces, que ni la misma arquitectura que está hecha de piedras enormes puede resistir el paso del tiempo por completo. Al igual que nosotros, se tienen que adaptar.
Hubo una declaración del autor de una escultura de Francisco I. Madero que, en vez de indignarse por el vandalismo hacia su obra, celebraba que formara parte de ella al ser marcada por pintura verde y morada. En su cuenta de Instagram, Javier Marín escribió:
“Por eso se instaló sin pedestal, para que el Padre de la democracia fuera parte de las manifestaciones sociales y democráticas. Ojalá se quedara así como testimonio de esta protesta”
De verdad deberían quedarse así, pintados, marcados por la frustración de todas las mujeres mexicanas que no tienen voz. No es justo que esto sólo pase cada 8 de marzo. Los monumentos son para recordarnos lo que pasó, para darnos lecciones de historia y hacernos reflexionar por nuestras acciones. Este es el único caso en donde deseo de todo corazón que la política de austeridad de la 4T llegue al punto de no despintar ni un monumento para que no olvidemos que hoy matan a 10 diarias, y en un año podrían ser más. Los monumentos son para eso, no necesitan que los defiendan.
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