Mi película favorita durante la primera infancia, esa cinta que todos tuvimos y que la VHS terminó por reventar, fue “Los Muppets toman Manhattan”. Los “Muppets” y el fenómeno multi generacional que representan son producto del esfuerzo, trabajo y dedicación del legendario Jim Henson, un muy amado ser humano conocido no sólo por sus peluchosos personajes, sino por haber marcado con amabilidad, hermandad, ternura y amor a todos los que tuvieron la fortuna de acercarse o trabajar codo a codo con él.
Su agenda de amistades incluía, pero no se limitaba a, personajes como: John Williams, David Bowie (con quien realizó varios proyectos alucinantes), Tim Burton y una enorme lista de etcéteras.
Desgraciadamente, la vida de Jim Henson fue tan corta como memorable y murió a principios de los años noventas de manera súbita debido a una infección por estreptococo tipo A.
La magnética y cálida personalidad de Henson se colaba por el hule espuma, por los cables, por las señales del aire. Ver una película o un episodio del “Show de los Muppets” es encontrarse orgánicamente cobijado por la inclusión y la diversidad, la comprensión y el compañerismo, además de poseer un humor muy particular que juguetea con los bordes elásticos que sólo tener un títere hablando por ti te regala. No me parece para nada sorprendente que, al haber crecido influenciado por este personaje de personajes, mis ambiciones adultas se encaminen a convertirme en algo parecido a Henson: un hombre que se da a querer y respetar a través del apapacho y la comprensión. Se vale soñar.
“Trofofón Espectacular”
Construyo títeres desde muy pequeño gracias a la enseñanza paciente y cariñosa de mi súper profe todólogo de la infancia, que igual me enseñó a tocar el piano, que a trabajar con papel maché. La titería se convirtió desde mis primeros acercamientos en una obsesión, un gusto que tal vez se distrajo con el tiempo, pero jamás salió de mi corazón. A los treinta y tantos, después de todos esos viajes que la vida te obliga a tomar, algo conectó en mi cabeza y decidí, no sin poca ayuda, formalizar mi afelpado gusto y tomármelo en serio.
Si me lo preguntan, las ideas más básicas que forman la filosofía y carácter de la compañía de títeres “Trofofón Espectacular” nacieron del juego. Mis hermanos y yo desarrollábamos personajes originales para ponerlos a convivir. Así nacieron dragones, osos, ratas y manatíes con voz, personalidad, afectos, motivos y objetivos. Conforme los años pasaron, estos personajes no nos abandonaron y fueron volviéndose cada vez más complejos. Me atrevo a decir que gracias a estos personajes y a la interacción familiar que les impusimos pude sobrevivir gran parte de mi adolescencia.
Crecimos y los personajes crecieron con nosotros. El humor que me tatuaron los “Muppets” se metió a la licuadora a nadar con “los Simpson”, “South Park”, “SNL”, “Les Luthiers”, azúcar, flores y muchos colores. El resultado soy yo, pero sin los filtros que el no ser un títere me obliga a considerar y es el ingrediente base de prácticamente todo lo que escribo y que pretenda no sólo ser gracioso, sino también emotivo.
Ahora tengo la posibilidad de construir a estos personajes, ponerles voz y colocarlos en un escenario o frente a la cámara. “Trofofón Espectacular” es la manifestación final de un deseo largamente reprimido, obviamente esperado y torpemente improvisado.
“¿Cuál es la marioneta?”
Estoy seguro de que más de una persona debe pensar que mi afición por los títeres tiene que ver con algún ansia de controlar todo y a todos los que me rodean y, aunque esto me parece parcialmente cierto, debo aclarar que desde hace mucho tiempo estos personajes tomaron total control de mi vida y he aprendido a disimularlo muy bien.
El discurso interno de mi día a día cambia de voz y personalidad, me arroja chistes y observaciones desde la garganta de algún ser que se balancea extrañamente entre lo infantil, lo muy adulto y lo simplemente absurdo. Haber decidido externalizar un poco este espectáculo que sucede en mi mente me ha traído enormes satisfacciones, entre las cuales destacan el enorme placer de crear por crear y la sorpresa inigualable de conectar con el público a través de un pedazo de tela como no se podría lograr de otra forma.
Creo que ahora entiendo el por qué de lo terapéutico del títere y sus variantes, el por qué de la personalidad conciliadora de Jim Henson, el por qué de la inmediata conexión que tenemos con los personajes que nos miran desde dos pelotas de ping pong pintadas. Tiene que ver con dejarle el control, aunque sea por un rato, al ser ridículo y primordialmente inocente que tenemos dentro.
Originalmente el guiñol nació para distraer a la gente del terrible dolor de una extracción molar sin anestesia; ahora, me gusta pensar que puedo, podemos, utilizar un calcetín glorificado para mitigar el dolor que este mundo a veces nos obliga a tragar.
@AldoObregón
