Por Erick Olivera Méndez
La victoria de José Antonio Kast en la segunda vuelta presidencial chilena no es solo el triunfo de un candidato de ultraderecha; es, sobre todo, la derrota profunda y estructural de una izquierda que no supo leer a su sociedad, ni responder a sus miedos, ni capitalizar sus propias banderas históricas. Con el 58.1 por ciento de los votos frente al 41.8 por ciento de Jeannette Jara, y una diferencia de 16 puntos que nunca estuvo en duda durante el conteo, el resultado marca un punto de inflexión en la política chilena.
La magnitud del resultado -Kast ganó en todas las regiones y con una participación del 85 por ciento del padrón-, revela algo más que un simple castigo electoral. Expone el agotamiento de un ciclo iniciado con el estallido social de 2019 y canalizado institucionalmente por la llegada de Gabriel Boric al poder. Aquella promesa de transformaciones profundas, de un nuevo pacto social y de un Estado más justo, terminó naufragando entre inseguridad, desorden, frustración económica y una sensación extendida de que el partido gobernante priorizó las consignas identitarias por encima de las preocupaciones cotidianas.
Jeannette Jara, militante comunista y figura reconocida del oficialismo, cargó con ese lastre. Su campaña nunca logró despegar de la sombra del gobierno saliente ni ofrecer una narrativa convincente frente a un electorado cansado. La rapidez con la que reconoció su derrota y felicitó a Kast, un gesto democrático incuestionable, contrastó con la incapacidad previa de su sector para conectar con la ciudadanía. La izquierda habló de derechos, mientras la derecha radical habló de orden.
Anclado en una religiosidad explícita y en una promesa central de restablecer la ley y el orden, el presidente electo capitalizó la demanda social más urgente sobre la seguridad. Su retórica punitiva, el énfasis en el castigo, el control y la disciplina, encontró eco en una población hastiada de la delincuencia, del crimen organizado y de la percepción de impunidad. La izquierda, atrapada en su incomodidad histórica con estos temas, dejó ese terreno libre.
Nada de esto implica que Kast tenga un cheque en blanco. Él mismo reconoció las dificultades para cumplir sus promesas en inmigración y combate al crimen. Pero políticamente ya ganó lo esencial: logró instalar la idea de que la izquierda fracasó en gobernar y en garantizar condiciones básicas de convivencia.
La derrota de la izquierda chilena es entonces, más que electoral, cultural, estratégica y moral. Si no hace una autocrítica profunda -sobre su desconexión con las mayorías, su gestión del poder y su jerarquía de prioridades-, lo ocurrido este domingo no será una excepción, sino el preludio de una larga travesía por el desierto político.

