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Los Premios Óscar: poder y glamour

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La alfombra roja más importante del año será desplegada el 15 de marzo en el Dolby Theatre de Los Ángeles para recibir a nominadas y nominados en la 98ª entrega de los Premios Óscar. La máxima presea del arte cinematográfico despliega no sólo talento y alta costura, sino también un termómetro del poder.

Como ya se ha comentado en esta columna, el arte sucede gracias a sus mecenas, que hoy toma forma en los diferentes estudios, productores, directores y sus agresivas campañas de marketing y lobbing, que son conocidas como For Your Consideration. Por lo que no, no siempre el arte y el talento ganan, sino los millones de dólares que los grandes estudios invierten, así como la capacidad de convencimiento de la que gozan figuras como Steven Spielberg.

Es ya conocida la campaña que realizó en el 2019 en contra de la película Roma del mexicano Alfonso Cuarón, por el simple hecho de ser producida por Netflix y porque, a decir del director estadounidense, las películas de streaming no deberían competir en igualdad de condiciones que las del cine tradicional. Ese año ganó Green Book, una película mucho más comercial.

Este año destaca el caso de Sinners, película de terror con guion original de Ryan Coogler, que recuerda al clásico terror sobrenatural de Stephen King. No sólo fue tomada en cuenta para los premios, cosa que regularmente no pasa para filmes de este género, sino que obtuvo 16 nominaciones incluyendo Mejor Película, Mejor Director para el propio Coogler y Mejor Actor para Michael B. Jordan. Si bien no es una mala película, estos méritos fueron conseguidos a músculo económico limpio. Seguramente hay mejores películas producidas en el mismo periodo pero que no tienen la capacidad financiera de Warner Bros.

Esto explica diferentes injusticias históricas, como que en 1998 ganara Mejor Película Shakespeare in Love por encima de Saving Private Ryan y en el mismo año, Gwyneth Paltrow, la protagonista, le arrebatar el Oscar a Mejor Actriz a Ellen Burstyn por Requiem for a Dream.

Más allá de lo que sucede tras bambalinas con las negociaciones por los premios, existe una verdad innegable: la validación del Oscar es una validación ideológica. Internacionalmente, las narrativas que triunfan dictan cuáles son las historias importantes, quiénes son los héroes y quiénes los villanos. La premiación controla la empatía global, influyendo directamente en la taquilla.

Sin embargo, la entrega del Óscar ha visto mejores épocas. Ha experimentado una notable pérdida de este soft power ante la baja constante de audiencia en los últimos años. Su influencia ya no es lo que era en la agenda pública, principalmente ante la competencia de otros contenidos y la diversificación de los mismos. Cada vez menos personas consumen televisión y prefieren servicios de streaming. Sin embargo, no todos pagan por los mismos servicios y llegar a una gran audiencia cada vez es más complicado; por lo que a partir de 2029, los premios se mudarán a YouTube.

Ver y vivir la ceremonia del premio Oscar es siempre una experiencia, buena o mala, pero siempre dará de qué hablar. Por su puesto que hay producciones como Frankestein de Guillermo del Toro, One Battle After Another de Paul Thomas Anderson o Hamnet de Sam Mendes con gran mérito artístico, que son un deleite a los sentidos.  Pero habrá que ver más allá del glamour, y descubrir quién domina y moldea las historias que consume el mundo.