En México, cada marzo se conmemora el natalicio de uno de los símbolos de legalidad, resistencia y de la misma República: Benito Juárez. Es el héroe por excelencia, vinculado a la consolidación del Estado mexicano moderno. Su legado está atravesado por la filosofía liberal, que defendió con firmeza, pero que no está exenta de contradicciones, por lo que vale la pena revisarla.
Uno de sus principales aportes fue la creación de un Estado laico, separando a la Iglesia del Estado, a través de las Leyes de Reforma que, no sólo transformaron la estructura de poder en el país, sino que abrió la puerta a libertades civiles fundamentales como la libertad de culto, la igualdad jurídica y debilitar los privilegios corporativos. Sin lugar a duda, estas leyes sentaron las bases para una ciudadanía más homogénea ante la ley.
Otro de los pilares del discurso republicano fue el énfasis en el respeto a las instituciones y la legalidad, acuñando la famosa máxima “el respeto al derecho ajeno es la paz”, que sintetiza la aspiración de alcanzar el orden a través de las normas y no de arbitrariedades; principio que, en un país marcado por conflictos internos y presiones externas, resultó clave para sostener la soberanía nacional.
Un elemento relevante fue la apuesta del liberalismo juarista por el libre mercado como motor de modernización, inspirado en corrientes económicas del siglo XIX, con la intención de integrar a México en una economía más dinámica y abierta. En ese sentido, el liberalismo de Juárez introdujo ideas novedosas para su tiempo: la confianza en la iniciativa individual, la propiedad privada como base del desarrollo y la competencia como mecanismo de progreso.
En este contexto, el liberalismo juarista tuvo costos importantes, sobre todo para quien más lo admiraba y se identificaba con él: el pueblo indígena. Para dinamizar la economía, Juárez desamortizó bienes comunales y eclesiásticos, lo que afectó gravemente a comunidades indígenas que perdieron tierras colectivas. A la larga, contribuyó no sólo a la concentración de la propiedad, sino también a profundizar desigualdades, traicionando los principios del propio liberalismo, al menos como lo entendemos en la actualidad.
Por otro lado, al privilegiar una visión homogénea de nación, invisibilizó la diversidad cultural, por lo que muchos grupos quedaron marginados de los beneficios del “nuevo orden”. Esta es herencia que se sigue arrastrando hasta hoy en día: la tensión entre la desigualdad material y la igualdad jurídica.
A más de un siglo de distancia, no se niegan los logros del primer presidente indígena que tuvo este país y si bien, su liberalismo fue una herramienta de emancipación, también hay que reconocer que fue un proyecto incompleto. Recordar sus logros no implica ignorar sus límites. Pensar en Juárez en la actualidad no debería quedar en la reverencia, sino invitar al análisis. Sólo así la historia se convierte en herramienta viva para pensar el presente.

