El Día del Padre nos lleva a pensar en imágenes que han sido parte del imaginario colectivo durante mucho tiempo: una corbata bien anudada, una parrilla con el trozo de carne perfecto, una mano sobre el volante. La figura del padre, tal como la conocemos no surge al azar: se construyó históricamente como relato de autoridad que ordena y forma hogares.
Reconocer eso no borra los afectos, y celebrar a la figura no es incompatible con interrogarla. La paternidad se construyó mediante la unión de discursos, costumbres, representaciones y mucho más que nos mostraba al padre como cabeza de hogar, proveedor y árbitro moral, rolo que fue legitimó un poder que se ejercía con discreción en lo doméstico y con efectos visibles en lo público; el cine lo dibujó como espejo y constructor de estos imaginarios, mostrando cómo ese rol se ha mantenido y, al mismo tiempo, se tambalea bajo dos lupas diferentes: el patriarca inquebrantable y el padre sensible e imperfecto.
Algunos ejemplos los podemos encontrar en propuestas como la de Kramer vs. Kramer en donde la paternidad enfrenta su obligación tradicional y descubre el cuidado como tarea, donde se muestra la autoridad puesta a prueba y la posibilidad de los cuidados compartidos; en Roma que se retrata una paternidad compleja y cargada de ausencias del padre, que deja huellas profundas en la intimidad familiar, y en Boyhood donde se aborda desde una paternidad situada, imperfecta y en aprendizaje constante, en la que se refleja un proceso transformador.
Es decir, en el cine cada vez encontramos más relatos que cuestionan la solemnidad patriarcal y proponen figuras que acompañan, dialogan y cambian, pero no se trata de demonizar a quienes fueron formados por un modelo: muchos padres aman y se esfuerzan desde esas coordenadas. El punto es reconocer que el modelo hegemónico de paternidad fue y en muchos contextos continúa siendo una línea de poder y distinguir el afecto legítimo de lo estructuralmente heredado nos permitan abrir espacios para resignificar la paternidad.
Las películas nos dan pistas: la paternidad no es un rol fijo, es una práctica que se aprende y se rehace. Celebrémosla desde el acompañamiento y no desde la imposición para que el poder que alguna vez impuso formas de paternar pueda convertirse en presencia que acompaña la vida compartida.
Hoy es justo felicitar a los padres reconociendo a aquellos que ejercen su paternidad de cerca, que comparten el cuidado, que se permiten equivocarse y que escuchan desde el amor. Celebrarles es también pedirles que sigan cuestionando las estructuras conocidas, porque dignificar la paternidad implica reconocer su poder y transformarlo en presencia.

