Hoy regreso a mi México querido, después de tanto tiempo de haberlo dejado atrás. Hoy regreso a ver como se pinta de colores y se encienden sus luces. Regreso para ver brillar las miradas de los mexicanos que han luchado todos los días contra la crisis. Regreso para reencontrarme con él.
Todos los años generalmente tienen momentos de tensión y decisivos, pero en casi doce meses hemos enfrentado cambios que han torcido el rumbo del mundo, han cambiado los paradigmas y es difícil creer que estamos en una situación que ha expuesto todos los escenarios posibles a la vez. Pero no hay tiempo que perder, sino momentos que recordar. Y ¿Por qué recordarlos? Creámoslo o no, todo lo que hemos vivido ha cambiado radicalmente el fondo de nuestro ser. Recordar hoy, no es necesariamente volver a vivir, pero sí reconocer que no ha sido fácil pero que lo hemos logrado.
Una pandemia que aún hierve, oleadas de cambios y movimientos sociales por todo el mundo, una campaña presidencial agotadora y mucha historia detrás del 2020. Los primeros días del año marcaron el ritmo de lo que nos esperaba. Pero nadie lo sabía. Las primeras semanas de enero representaron momentos de tensión entre EE. UU. e Irán, con protestas masivas y amenazas de guerra. Mientras que, en China, un nuevo y extraño virus comenzaba a extenderse. Su presencia era solo parte de un reloj silencioso que lo que buscaba era tener al mundo de rodillas. Y así, sin saber más, llega febrero, con la sorpresa de que el evento político contra Trump había terminado. Pero entre la supuesta calma, no pasó mucho tiempo para que una tormenta de conmoción golpeara al mundo deportivo con la muerte de la leyenda de la NBA Kobe Briant, su hija y otras 7 personas más. Y es así, como volvemos a lo que se convirtió el centro de atención en todo el mundo, aterrando a cada mente y a cada científico: el silencioso virus chino.
En marzo y en los próximos meses, se desata lo que podría describirse como el infierno. A la sombra del callado y letal virus, lo que estaba por venir era más escandaloso y desgarrador. Misteriosos momentos de vacío, calles sorprendentemente desoladas, los mercados y la economía comenzaron a ver su caída de prisa, hasta que sin más tiempo que perder, la Organización Mundial de la Salud declara al coronavirus como lo que hoy y por mucho tiempo conoceremos como: una pandemia. Los aeropuertos frenaron sus entradas, las olimpiadas tan esperadas cambiaron sus fechas, los hospitales no tenían espacio para uno más; y el mundo tuvo miedo. Los casos mundiales de contagios alcanzan 1 millón, mientras que los trabajadores médicos dejan sus hogares para encargarse de aquellos que están cerca de dejar sus vidas. Muchos ya se estaban cansando. Manifestaciones contra los gobiernos expresaron su oposición al confinamiento.
Pero eso no es todo. Meses después, una crisis racial despierta a todos aquellos que ya se estaban quedando dormidos. De un minuto a otro, se abrieron las compuertas de la indignación y las calles, que alguna vez estériles, quedaron bloqueadas para suplicar justicia. Pasan los meses y mientras unos se lamentan por lo que han perdido, otros comienzan sus vidas tentativamente para darse la sorpresa de que China había reportado su primer día sin contagios. Y, aunque esto podía traer esperanza, las cosas más extrañas seguían sucediendo alrededor del mundo. Avispones gigantes aparecen desde Japón a Estados Unidos, la gente visitaba los parques sentándose en círculos para evitar el contacto. Para entonces, algunos ya habremos escuchado los esperanzadores rumores de la existencia de una vacuna. Pero, no necesitábamos una vacuna para sentirnos vivos o para sentir que el mundo no se estaba en realidad cayendo. Necesitábamos volver a sonreír, a mirarnos en el supermercado, a cantar y a compartir una copa de vino con alguien. Necesitábamos recordar que después de tantos caídos, nosotros seguíamos viviendo. Porque cuando queríamos dejar nuestras casas en busca de algo que nos hiciera sentir en un hogar, recordaríamos que ese hogar nunca se había ido y que no nos habíamos dado cuenta. Muchos tristemente no entendieron que, al incendiar y destruir tiendas y locales, las cosas no cambiarían, que eso sólo les traería angustia y miedo a sus familias. Mientras tanto, otros lograron darle un sentido profundo a lo que les había arrancado seres queridos.
Pues ya era hora de ver al mundo rendirse y dejar de pelear. Era hora de vernos de rodillas. Hoy, falta poco menos de un mes para enfrentarnos a la incertidumbre de un nuevo año, para conocer el miedo que pueda causarnos no saber qué nos espera, y también para conocer la magia de las sorpresas y de los nuevos comienzos. Quedan pocos días para que en familia nos sentemos a agradecer por haber sobrevivido tanto y para preguntarnos si lo que aprendimos fue poco o fue más que suficiente. Cuando diciembre se termine, quiero ver que mi México se pinta de alegría una vez más. Quiero ver que no se conforma, que no se entristece, sino que lucha cantando por justicia. Quiero ver que las luces de la época no sean sólo por tradición, sino que enciendan el alma y el corazón de todos los mexicanos que crean firmemente que el 2021 traerá grandes retos, pero inigualables aprendizajes.
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