Imposible abstraerse de la coyuntura. Tal como lo dibujara hace una semana algún caricaturista del periódico El Financiero: estamos viviendo nuestros momentos más oscuros como civilización mexicana. Es una pesadilla de la que no queremos y ahora mucho menos, podemos despertar.
Cerca de 160 mil muertos a causa de la pandemia, reconocidos por nuestras autoridades locales. Muchos más (al menos un 40%) los no reconocidos, de acuerdo con los resultados del Censo 2020 del INEGI. El último mes (enero de 2021) más de 30 mil muertos y, en la última semana de manera diaria rompiendo récords de contagios y fallecidos. La noticia ya dejó de serlo, se cuentan víctimas por miles. En palabras del responsable de guiar y combatir la pandemia, estamos viviendo el peor escenario para el país por tercera ocasión. Así es, multipliquemos la catástrofe por tres, más lo que (desafortunadamente) se acumule.
Afrontamos la pandemia sin un claro plan de vacunación, incluso sin certeza sobre la existencia de las vacunas y su (muy esperado) arribo a México. No habrían comenzado a llegar (las pocas que llegaron) de no ser por la intervención del canciller Ebrard, en plena invasión de competencias al Secretario de Salud y su equipo. A ello hay que agregar, como lo expusiera de manera muy clara el Dr. Julio Frenk, que la politización del plan de vacunación nos mantendrá en la ruta de la desgracia y la ineficiencia para domar la pandemia. Concuerdo totalmente en que es nulo el impacto en la atención de lo prioritario (la vida y salud de las y los mexicanos) si se pretende vacunar a los servidores de la nación y que ellos a su vez vacunen a los mexicanos. De darse así, sería una irresponsable acción más en todo el manejo de la pandemia.
El virus ya llegó al epicentro político de nuestro país. Esta semana, es la primera de convalecencia y recuperación del presidente. Por su avanzada edad y los antecedentes médicos que tiene, era inevitable prender los focos de alarma por el seguimiento a su estado de salud. Nuestro sistema político gira en torno a la figura presidencial, hoy más que en los últimos 50 años. México lleva una semana con el titular del ejecutivo ausente de las actividades públicas. Las reacciones y especulaciones que se dieron hablan mucho de los que las esgrimieron, pero mal haríamos en no aceptar que, son el búmeran que, lleva como impulso la misma intensidad del mensaje presidencial que no pocas veces ha sido de odio y ataque continuo contra los opositores del régimen.
De la misma manera, el virus se ha hecho presente ya en la vida cotidiana de las personas. Las medidas de contención del gobierno federal y locales son cada vez menos eficaces para evitar lo inevitable: la urgente recuperación del dinamismo económico. Pasamos de minimizar riesgos a asumirlos, llegando al punto de comenzar a normalizar la muerte, tal como lo refiriera el periodista Jorge Ramos. El año 2020 cerró con cerca de 200 mil muertes producto de asesinatos y del COVID. La indiferencia por la muerte puede acentuar el indeseable desprecio por la vida. No hay vuelta atrás, la sociedad está en plena ruta suicida por necesidad y el gobierno está ausente.
Por si hubiera algo que agregar, el calendario electoral avanza y los ánimos ya comienzan a entrar en la etapa de efervescencia, misma que propiciará la propensión de los actores a realizar reuniones numerosas con simpatizantes. En redes sociales ya circulan las fotografías de mitines que, en muchas de las ocasiones, se realizan sin las medidas de sana distancia y concurrencia sugeridas. ¿Cómo estarán previstos los esquemas de campaña si seguimos en semáforo rojo o naranja?
Es un momento sumamente delicado, los tres ámbitos de una sociedad políticamente organizada están resquebrajados: lo político, lo social y lo económico. Es una crisis como pocas hemos visto en los últimos años. Y estamos en medio de ésta (optimistamente quisiera pensar).
Desde la posición ciudadana que me corresponde, quisiera emitir algunas ideas que seguramente ya están siendo analizadas, de lo contrario, ojalá sirvan para serlo:
1. Todos los servidores públicos de nivel directivo y hasta el presidente de la república deben portar cubrebocas, a manera de proteger a quienes les rodean y colaboran con ellos. (Por simple empatía y solidaridad con sus subordinados y sus familias quienes, seguramente no cuentan con las posibilidades económicas y materiales para afrontar una enfermedad como el COVID-19). Lo deben portar también porque, son el rostro de la administración pública, misma que debe ser ejemplo para la población a quien gobierna.
2. Maximizar el uso de recursos públicos en la compra y gestión de las vacunas. Suspender proyectos los programas y proyectos no prioritarios y enfocar todos los ahorros al combate de la pandemia y al rescate de la economía.
3. Materializar un plan de vacunación que garantice la inmunidad a todo el personal que se desempeña en el sector salud, ya sea público o privado, como primer paso. Como segundo paso, vacunar a los más vulnerables, que han demostrado ser, en su mayor parte los adultos mayores. No deben ser vacunados en esta primera etapa los servidores de la nación, a menos que se encuentren en los dos segmentos antes descritos.
4. Las autoridades electorales deben aplazar, al menos un mes, la realización de las elecciones (tal como lo sugirió este fin de semana el periodista René Delgado). Sin entrar en interpretaciones y complicaciones legales o constitucionales, resulta viable la medida, como la aplicaron en los casos de Hidalgo y Coahuila el año pasado. No podemos asistir al natural dinamismo político-electoral en estas condiciones, no es sensato.
5. Ojalá los partidos políticos, en lugar de suntuosos e inservibles obsequios, promuevan sus plataformas mediante el reparto de cubrebocas a sus simpatizantes (y ojalá no escatimen en la calidad de estos). Así, aportarían de alguna forma a mitigar los efectos de la pandemia.
Más sensatez y menos discursos.
josimar.alejo@criteriodiario.com

