Invadir países con menor nivel de desarrollo para garantizar sus intereses no es una práctica nueva por parte del gobierno de Estados Unidos. Lo que cambia es el discurso que se utiliza como instrumento de legitimación de la intervención que se realiza; este lo determina el momento político y el contexto internacional. Sin embargo, la estrategia es la misma: plantear un enemigo al que hay que vencer y un ideal que debe garantizarse a cualquier costo.
Durante el siglo XX, sin contar las guerras mundiales, tropas estadounidenses han realizado intervenciones armadas en Colombia, Panamá, Marruecos, Etiopía, China, Cuba, República Dominicana, Honduras, México, Haití, Croacia, Guatemala, Groenlandia, Islandia, Corea, Jerusalén, Taiwán, Puerto Rico, Vietnam, Líbano, Tailandia, Laos, Zaire, Indonesia, Chipre, Camboya, Irán, El Salvador, Egipto, Arabia Saudita, Irak, Bolivia, Perú, Sierra Leona, Bosnia, Somalia, Macedonia, Albania, Afganistán, Serbia, Nigeria, Granada, Costa del Marfil, Georgia, Pakistán y Yemen.
En algunos de los países mencionados, especialmente en los menos afortunados, se intervinieron más de una vez, dejando consecuencias devastadoras que, además de atentar contra la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, afectaron directamente a sus habitantes, causando muertes en casi todos los casos. Poco se habló, por ejemplo, de las 100 personas que murieron durante el intento de captura del Presidente Nicolás Maduro.
A esto se le debe sumar la imposición política de dictaduras y golpes de Estado en América Latina para instalar gobiernos que procuraban sus intereses, como Victoriano Huerta en México, Trujillo en República Dominicana, Castillo y Ríos Mont en Guatemala, Batista en Cuba, Videla en Argentina o Pinochet en Chile. Todos estos regímenes estaban dedicados a garantizar los intereses de empresas como la United Fruit Company y la explotación de recursos naturales.
Sin embargo, Estados Unidos, como maestros del marketing, antes de realizar cualquier intervención en países que no tienen capacidad alguna de defensa, implementa una campaña en la que impera una retórica que se identifica con sus “valores”, los cuales evolucionan a la par del contexto internacional, pero siempre identificando a un enemigo en común. Así, durante la Guerra Fría, en la lucha contra la Unión Soviética, las intervenciones se realizaron en nombre de la libertad y en contra del comunismo, que era el enemigo a vencer del momento. De este modo, intervinieron en Vietnam, promovieron el asesinato de Salvador Allende en Chile y
financiaron golpes de Estado en todo el mundo. Estados Unidos garantizó la “libertad” que Pinochet concedía a los chilenos.
Después de la Guerra Fría, y con un Estados Unidos consolidado como rotundo ganador frente al comunismo, el momento político mundial cambió y el discurso se modificó. En ese período, la bandera fue la democracia, lo que llevó a Estados Unidos a invadir Irak y generar la Guerra del Golfo Pérsico. Es de destacar que estos países, además de tener gobiernos autoritarios, casualmente poseían petróleo y gas natural.
Posteriormente, la caída de las Torres Gemelas creó al enemigo perfecto: el terrorismo y los extremistas islámicos. Este discurso fue utilizado para la invasión de Afganistán y el fortalecimiento de las intervenciones en Medio Oriente, como la invasión de Irak, que culminó con la ejecución de su entonces presidente. Esto se vio acompañado, desde luego, de una estigmatización de todos los practicantes de la religión islámica, independientemente de su pertenencia a grupos armados o extremistas.
Hoy el enemigo son los carteles del narcotráfico, y en buena medida, el papel que solía desempeñar la CIA ahora lo cumple la DEA, cuyos logotipos fueron exhibidos por los soldados que, se dice, intentaron aprehender al entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Él, sin dudas, es indefendible, pero también lo es la forma en que se intentó secuestrarlo de su propio país. Esta práctica viola todas las reglas del derecho internacional y nos retrotrae 500 años; no se registra ningún caso en Occidente, después de la Edad Media, en el que un jefe de Estado haya sido capturado por un país rival. Es una escena digna de Game of Thrones.
La historia de la política exterior de Estados Unidos de los siglos XX y XXI demuestra, por una parte, que nunca invaden potencias, sino que hacen apuestas seguras donde pueden ganar, especialmente después de su desastrosa experiencia en Vietnam; siempre instalan gobiernos que garanticen sus intereses económicos, políticos o militares; nunca importa el costo de hacerlo, y pueden incluir cualquier práctica que no se dé en su territorio; y la intervención siempre va acompañada de un discurso que refleja el idealismo político que determina el contexto internacional.

