“La canción como seguro”

Aldo Obregón Criterios

Hace unos días, la mundialmente famosa cantante y compositora “Shakira” vendió a la inglesa “Hipgnosis Songs Fund” los derechos editoriales de su obra completa siguiendo el camino que otros compositores como Bob Dylan han decidido tomar en los últimos años. 

Decenas de éxitos y otros cientos de “B Sides”, melodías que acompañaron a mi generación desde “Piel Descalzos” hasta la fecha pasando por Mundiales de futbol, colaboraciones con conocidísimas estrellas del mundo de la música y el espectáculo de medio tiempo del Súper Bowl; todo esto incluido en un enorme catálogo cuyo valor monetario final quedó reservado al público. 

No quiero adentrarme en las razones que un artista puede tener para tomar una decisión tan importante y drástica. Se me ocurren los estragos de la pandemia, problemas con el fisco, el reciente movimiento hacendario en España o qué se yo. Eso sólo ella lo sabrá. 

De lo que me gustaría platicar hoy es del valor que una canción puede mantener a través del tiempo, sorteando toda clase de catástrofes, capaces de destrozar por completo otras industrias aparentemente más poderosas y robustas que la industria musical. 

Pensemos en el petróleo o en el oro, la plata, en las maderas preciosas o en cualquier otra materia prima, pensemos en piezas de tecnología, pensemos en cualquier objeto o servicio creado por el ser humano que, por su naturaleza o construcción, logre sobrevivir el paso de las generaciones y se vea obligado a revalorarse según los caprichosos parámetros de los consumidores contemporáneos. El valor del oro cambia, también el precio de la tecnología; servicios que antes se consideraban exclusivos pasan a formar parte de la cotidianeidad de cada vez más gente y esto abarata sus costos. En fin, de todo lo mencionado, los más afortunados elevan su valor y los menos útiles o significativos terminan en el bote de la basura o como material de reciclaje. La canción está exenta de todo esto. 

“Todo sucede en el cerebro” 

Cuando doy taller de composición me gusta mucho hablar de los lugares comunes dentro de la composición musical, no tanto de los lugares comunes en el texto.  

El oído humano comenzó a imitar ciertos intervalos que existen en la naturaleza y, gracias a esa magia matemática que rige todo lo que “es”, los patrones que nos forman desde lo atómico hasta lo sistémico se encontraron simpatizando con el canto de las aves, los ritmos espontáneos de la naturaleza y poco a poco fuimos dominando el maravilloso arte de, al principio, la imitación y posteriormente, la refinación del sonido y sus accidentes a través de la “música”. 

El compositor juega con el cerebro del escucha. Aprovecha las músicas que nos habitan desde el vientre y explota los vínculos que construido desde hace generaciones con el sonido para plantar una certera semilla, sabiendo que la fragancia de la flor dependerá la mitad de él y la otra mitad, del público. 

Ligamos canciones a nuestras emociones, ponemos “soundtrack” a los años y hay acordes que nos llegan a doler, melodías que traen dolores o pasiones y pasajes completos que no podríamos entender fuera del bagaje personal. 

La música funciona como algunas sustancias psicoactivas: no pasan de moda porque muchas de ellas te llevan hacia adentro y alteran la percepción de lo que nos rodea. La música es una máquina del tiempo, una droga capaz de hacer aparecer emociones, imágenes y recuerdos de la nada. Sin resaca. ¿Quién no está dispuesto a pagar por esto? 

“Los éxitos de ayer y hoy” 

El internet cambió todo. He platicado en entregas anteriores de cómo esta nueva forma de comunicarnos ha revolucionado la forma en que los artistas crean, divulgan y capitalizan su obra, pero creo que he dejado de lado la experiencia del escucha. 

Gracias al internet escuchamos de manera diferente. 

Desde que arranqué mi carrera como docente noté que el gusto musical de mis alumnos no estaba tan encadenado a la radio, la televisión y a las modas de “actualidad”, sino que se componía de una mezcla atemporal de texturas y tendencias que, si bien conservaban algún común denominador, tenían suficiente variedad como para llamarme la atención. Al principio me causaba gracia, después la gracia se convirtió en curiosidad.  

Noté que mis alumnos no podían distinguir claramente la antigüedad o frescura de las grabaciones por su “color”, cuando para mi generación era totalmente claro que el sonido de KABAH era mas “moderno” en su tiempo que los Bee Gees o los Beatles, por ejemplo. No creo que nadie que haya vivido su adolescencia entre los principios de siglo haya pensado que “Let it be” era un éxito reciente o que “Bésame mucho” podría ser una canción salida directamente del horno. 

A mis alumnos les llegó todo de golpe y sin filtro, no tuvieron el encajoso recordatorio de la cortinilla radial que te comunica a cada rato que estás escuchando “Los éxitos de los ochentas” o “La hora de…”. Su único parámetro para acomodar este océano de material e información está en lo que estos patrones intuitivos que viven en el cerebro reconocen. 

“Canciones inmortales” 

Si los nuevos escuchas carecen del prejuicio generacional, no tienen empacho en escuchar algo que se produjo cuando sus padres o abuelos eran jóvenes y están dispuestos a consumir, escuchar y divulgar cualquier expresión musical que les conecte sin importar si el artista comparte su edad o valores, entonces, ¿Podríamos comenzar a ver a las producciones discográficas como negocios eternamente rentables?  

A menos que el intérprete cayera en la ignominia y nadie volviera a escucharlo (y aún así), es probable que las mismas canciones que conectaron con mis abuelos conecten conmigo y así lo harán con mis hijos y con mis nietos. Seguiremos comprando el disco o el casete o el mp3 o reproduciendo en “streaming” o pidiéndoselas al cantante del bar. 

Las canciones generan regalías y algunos “álguienes” se han dado cuenta de que, gracias a ciertos vacíos legales en ciertos países del mundo, tener los derechos editoriales de un producto que le pega directamente en el corazón a la humanidad puede ser uno de los negocios más rentables de la historia. 

@aldoobregon