Ayer salí a marchar. Me sorprende y emociona mucho darme cuenta de que cada vez somos más compañeras en las calles.
Además de tratarse de un espacio en el que podemos descargar nuestra rabia y nuestra tristeza, también se convierte en un lugar en el que compartimos y nos encontramos con las otras. Se convierte en un lugar en el que conocemos nuevas historias y, en ocasiones, damos a conocer la nuestra. La marcha también se convierte en un espacio de reflexión, para mí, bastante silenciosa, en medio de todo el alboroto.
Ayer me pregunté hasta cuándo vamos a dejar de marchar. Si bien, una de las demandas más articuladas es la despenalización del aborto, cuando lo logremos, aún habrá una lista muy larga de pendientes. Precisamente durante mi reflexión de ayer pensé en que lo que queremos no es algo que se vaya a resolver pronto ni exclusivamente a través del Estado. Lo que queremos es un cambio radical de la forma en la que concebimos y habitamos el mundo.
Entendimos que muchas de las instituciones formales e informales, creencias, costumbres, hábitos y tradiciones, se construyeron a partir de un principio de dominación en el que ni la libertad ni la justicia significaban lo mismo para todos. Creo que, además de todo, por eso marchamos. Ya no queremos violencia, acoso, acceso desigual a las oportunidades, entre mil cosas más; pero, también estamos pidiendo un mundo completamente nuevo. Lo más importante de todo es que creemos que es posible y que lo estamos construyendo desde aquí.
Gracias compañeras, el 8M siempre me da más vida para seguir luchando por ese mundo en el que quepan muchos mundos.

