“Indignación selectiva”

Aldo Obregón Criterios

Uno no puede vivir empapado por dentro todo el tiempo. Uno no puede (no debe, no debería) usarse a sí mismo como receptáculo de las emociones del universo. 

Cada quien sabe cuáles son sus batallas e, incluso dentro de estas, uno mismo sabe cómo se lucha cada una. Así, el psicólogo aprende a poner límites y a no llevarse a casa las tormentas ajenas que durante todo el día ha intentado navegar. De igual forma, uno va organizando sus energías para batallar en mil frentes y tener la menor cantidad de bajas (quién sabe cómo las contaríamos en este caso) y la mayor cantidad de victorias. Una batalla a la vez: una hora para las batallas amables, una perpetua cosquilla para la permanente batalla que no platicamos con nadie, una eternidad en cada segundo de la batalla urgente, la que a veces termina en (literalmente) vida o muerte. 

Seleccionamos nuestras batallas, elegimos nuestras armas y peleamos lo mejor que podemos ante un enemigo que siempre está tan dentro como por fuera. 

“Pisos y techos” 

Nos movemos entre dos dimensiones que jamás deberíamos superar: un piso que debe ser sólido y un techo que debe limitarnos. 

La indignación, como todo en nuestra vida, tiene también sus pisos y sus techos. Curiosamente, en este caso y otros tantos, el piso y el techo parecieran volverse de chicle o hule de vez en cuando, y así nos vamos dando cuenta de que nuestros sólidos principios pueden ceder un poco para cualquiera de los dos lados si la conciencia nos lo permite. 

Es común ahora que se acercan las elecciones y el ambiente político en el país se vuelve a calentar, encontrarnos debatiendo con nosotros mismos o con otros individuos la situación real de nuestros pisos y techos. Nos vamos dando cuenta de que el “jamás me verán” o el “yo nunca” son lugares comunes poco prácticos y, poco a poco, lo complejo del mundo se nos va revelando, alejándonos cada vez más del blanco y negro y dejándonos con la responsabilidad de movernos en una escala de grises incierta, confusa y tal vez demasiado real. 

Puedo ponerme como ejemplo y recordar que en años pasados juré jamás alinearme con tal o cual corriente política concreta, pues sus postulados suelen ir en contra de mis principios más básicos. Estos juramentos pueden sobrevivir un rato, hasta que la realidad se presenta con su implacable rostro y nos recuerda que la política, por muy ambigua que parezca, encierra también las soluciones o sentencias que acabarán por definir vidas y muertes, hambrunas y crecimientos, alegrías y profundas tristezas. 

Si permitimos que la ambigüedad de nuestro pensamiento tome el control, nos arriesgamos a que esta sana sensación de estirar el piso y el techo desaparezca y quede solamente el monolito de la ideología, del “fin” justificando los “medios”. 

“A nadie le importa tu muerte” 

La muerte tiene la llave de todas las puertas de todas las casas y, sin embargo, vivimos como si nuestro nombre nos protegiera. 

Grande es la fantasía de muchos y saboreamos el “te lo dije” que le quedaría como guante al vecino. Nos gustaría ver al espíritu del caos y el infortunio entrar a su casa, revolverle la vida, mientras nosotros vemos desde el portal, seguros porque una marca en el marco de la puerta nos garantiza la seguridad de los “buenos”, de los “justos”. 

La verdad es que este espíritu no entra por las puertas y vive, ya dentro de los muros. La verdad es también que, a la hora de la hora, no hay marca sobre la puerta que nos exente del dolor del prójimo. El piso y el techo se mueven un poco y dan margen para maniobrar y no morir de cargo de conciencia, pero cuando la sangre aparece es difícil ignorarla. 

El problema, la pregunta aquí no es si alguien no está viendo la sangre. Lo que preocupa (y debería ocuparnos) es el por qué todos estamos viendo la sangre, la sentimos empaparnos por dentro y por fuera, y aún así, nos parece lejana a tocar el techo. 

@AldoObregon