Espero no ser el único que se pregunta la razón por la que después de más de un año de pandemia haya todavía locales, oficinas o departamentos que no se logran rentar. Cualquiera podría decir que es por la economía, la recesión, la crisis que no permite que se vuelvan a rentar, los comercios que tan acostumbrados nos tenían de existir en nuestras colonias, entre otras. Pero aun así no tiene ningún sentido que después de 12 meses, todavía haya inmuebles que no se logran rentar. Asumamos que esto es un fenómeno que no le está pasando a absolutamente todas las propiedades, porque si uno se mete a investigar y busca casas en renta seguro aparecerán un montón, como siempre ha pasado. Entonces, ¿Por qué en esta ocasión no se logran rentar tan rápido como solíamos verlo antes?
Primero que nada, tenemos que entender una regla muy básica de la economía: la famosa ley de la oferta y la demanda. Y como ejemplo basta recordar lo que pasó con el precio de la gasolina en el 2020. Al llegar la pandemia nos encerraron a todos, por lo que la necesidad de transportarse en un vehículo se redujo drásticamente, por lo tanto, la demanda de gasolina bajó provocando que el precio de las gasolinas también bajara drásticamente. Sabemos que hubo otros factores, pero para efectos del ejemplo es el concepto lo que importa. La teoría dice que, al bajar el precio, sería más atractivo comprar gasolina por lo que la demanda sube, y a la par el precio se recupera.
Seguro hemos escuchado que al haber una fluctuación en los precios de los productos (pónganle atención al precio de las frutas y verduras cuando vayan al super) hay algún conocido que parece sacarse de la manga la frase trillada justificando que pasa “por la oferta y la demanda”. Estoy seguro que lo has oído varias veces y no me cabe duda que la mayoría no tiene idea de lo que significa, pero se escucha intelectual, ¿O no? La prueba física de que la gente lo repite, pero no lo aplica es justo la cantidad de departamentos y locales que siguen en renta y aquí analizaremos las consecuencias que sufrieron los arrendadores a lo largo de la contingencia.
Debemos entender que la crisis la cuenta cada persona como la vive. Un empleado al que le acaban de cortar su sueldo al 30% podrá decir que su casero es un desalmado por no bajarle la renta de su casa, aunque sea un par de meses como apoyo. El casero, por su parte, tiene hipotecada su casa y depende de esa renta para ir pagando las mensualidades de su deuda con el banco. El banco tendrá mil formas de bloquearte, perseguirte y aterrorizarte para que le sigas pagando la mensualidad. Tal vez te de un “apoyo” posponiendo los pagos que tienes, pero te puedo apostar que la institución financiera no pierde, ni cede un centavo. El mismo caso pasa con el comerciante que rentaba un local en una placita comercial, pero al estar encerrados y con los decretos del gobierno no hay forma de que pueda vender igual que en los años anteriores. Cada quien tiene su historia de desolación y abandono de las instituciones, al final la decisión se vuelve individual.
Por un lado, los inquilinos verán su conveniencia económica y podrían tratar de negociar la renta de donde viven. En caso de recibir una negativa, buscarán otra opción más económica para vivir. Estamos viendo casos en donde la gente se muda a nuevas zonas que se ajusten a su nuevo presupuesto y sobre todo se adapten a las nuevas necesidades. El resultado de eso son arrendatarios que se quedan sin inquilinos por muchos meses, esperando a que alguien llegue a preguntar por su propiedad como antes pasaba. El casero podría estar muy acostumbrado a las mieles que eran ir subiendo la renta cada año, y afrontarse ahora a una negociación a la baja parecería una de las pérdidas más grandes de su patrimonio por lo que preferirá mantener la renta al precio que ya la tenía, antes de “perder dinero” al bajar la mensualidad un porcentaje que le convenga al inquilino.
Para entender esta decisión mejor, hagamos un ejemplo práctico. Imaginemos que tenemos una casa que rentamos en $10mil pesos. Nuestro inquilino nos pide apoyo para que bajemos la renta a $8mil pesos, aunque sea por un año en lo que se recupera la economía. Eso significaría que en vez de percibir $120mil pesos al año estarías recibiendo $96mil, o sea $24mil menos. Dejar de recibir $2mil pesos mensuales es una gran pérdida en tu cabeza, por lo que niegas el apoyo y el inquilino decide mudarse a una casa que se ajuste a su presupuesto. El promedio de tiempo que tarda una casa en rentarse de nuevo, en condiciones normales es de dos a tres meses. Repito: en condiciones normales, no en medio de una crisis económica y una pandemia. Si se va tu inquilino, significa que mínimo dejarías de percibir $30mil pesos, más el tiempo que vaya transcurriendo sin que rentes tu casa porque te da miedo bajar esos $2mil mensuales.
Justo a eso me refiero con la oferta y la demanda. Es increíble que a estas alturas siga habiendo gente que prefiera dejar de percibir una renta constante, aunque menor, a bajar su precio a lo que el mercado está dispuesto a pagar. Claro que hay personas que entienden el concepto y no dudaron en apoyar al arrendador con tal de no dejar de recibir el pago mensual. Eso provocó que los precios de las rentas bajaran, o cuando mucho se estancaran. Aquí sí es muy válido decir que “peor es nada”.
Esto es un llamado a las dos partes de la situación. Si eres inquilino, busca otras opciones que se ajusten a tu presupuesto y si son opciones similares o mejores al lugar en donde vives habla con tu casero para negociar la renta. Si no acepta, múdate. Si eres arrendador investiga el precio al que se están rentando las casas de la zona, buscar esa información en estas épocas es facilísimo. Si notas que tu renta está por encima de lo normal, redúcela a niveles que se ajusten al mercado. Valen más $8mil pesos seguros que $10mil pesos en el futuro.
Facebook: Troquel Arquitectura
Instagram: @troquel_arq

